jueves, 7 de mayo de 2009

¿Que tal cambiar su muñeca inflable por su mujer disecada?

Por Lorenzo de Medici
(blogero de ultratumba)


El viernes venía en el coche oyendo un noticiario y tratando a la vez de librar a una pesera que me estaba echando la lámina sin el menor pudor, cuando alcance a oír una noticia que no me quedó muy clara: si en no sé cuál de los estado de estados unidos estaban tratando de prohibir la necrofilia, o si al contrario estaban tratando de legalizarla.
Sea cual sea el caso, una vez que logré salvar la vida dejando atrás a la pesera con la carrocería indemne, me puse a reflexionar sobre este asunto.


De entrada la temática de la necrofilia tiene muy mala prensa porque el respetable nada más oye perversión, y, además sexual, y lo más tranquilizante que se la viene a la mente es Jack el Destripado en su recámara con su señora: no, no en la recámara de Jack el Destripador con su señora del señor destripador, sino al insensato y cruel destripado en la recámara y con la señora del pensante: porque Jack puede hacer lo que quiera con su señora y en su recámara, pero en la recámara y con las señoras de los demás, lo mínimo que se le exige es sexo seguro y, de preferencia, sin violencia. Aunque dudo que El Destripador entienda estos conceptos dado su historial y su moral victoriana. Ya ve usted lo que hizo esa reina moralista de lo que fue un gran imperio. Qué pena.

Pero volviendo al tema de la necrofilia sobre el cual yo reflexionaba una vez salvada la vida de la pesera, tuve que acudir a un muy buen diccionario para cerciorarme de que dicha parafilia fuera en verdad exclusivamente sexual o también pudiera referirse sencillamente al apego o hasta cariño por los muertos de uno, es decir los familiares y amigos. Y, en efecto, el diccionario no deja dudas: la necrofilia es una perversión sexual con todas las agravantes, no nada más cuestión de apego.

Y ello me llevó a una última reflexión final. Si se legaliza la necrofilia puede parecer una atrocidad. Pero si se legaliza y se exige la intervención de un buen taxidermista entonces la cosa cambia,




porque siempre me parecerá más humano meterse en cama con la señora disecada, que tirarla a la basura e irse a comprar una muñeca de esas de silicón tamaño natural a la que son tan afectos los gringos.

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